Escuchó un ruido a sus espaldas, caminó más rápido. La oscuridad de la noche era profunda, las estrellas titilaban solitarias en un cielo sin luna, y los animales silvestres estaban callados. El silencio, y el eco de sus pisadas sobre la hierba mojada no eran lo único en sus oídos; el latido de su corazón subía por la garganta hasta confundirse con su respiración agitada y llegar hasta la cabeza. No había tiempo para arrepentirse, no había tiempo para devolverse; sólo quedaba el camino entre los campos bastos y vacíos de almas humanas.
Estaba cansada de correr, quería parar pero sus piernas andaban solas, como péndulos en vaivén infinito. Sentía el pequeño bulto dentro de su puño derecho, era su camino hacia la libertad, pensaba mientras corría, sus pulmones insensibles ya al dolor del cansancio. Creyó sentir pisadas de caballo acercándose. Corrió hasta unos matorrales entre robles añosos, y se escondió. A lo lejos pudo ver las lenguas de fuego, y un temblor violento la recorrio de pies a cabeza. Estaban ahí. Y la encontraron; apretó las manos y cerró los ojos. Sintió un tirón, no quiso ver nada; tiró el bultito antes de que se dieran cuenta. La amarraron junto al arbol más cercano, y le prendieron fuego; el humo escocía en su garganta, dolía como tragar vidrios pulverizados, y quemaba. Pronto perdió la conciencia, y las llamas sobre su piel se sintieron como un cosquilleo cada vez más lejano.
Despertó en su cama, con la frente perlada de sudor. Encendió la luz y echó un vistazo en el cajón de su velador. Aquel bultito misterioso que había encontrado entre los matorrales de moras mientras limpiaba para hacer su jardín seguía ahí, era el mismo. Recuerdos de los primeros días en la casa nueva del campo asaltaron su mente; las lenguas de fuego descritas por los obreros que no querían dormir en el lugar; la voz de una niña que llamaba a su padre desde la escalera. El roble quemado que había vuelto a crecer y cuya base ahora parecía una especie de gruta.
Dentro de la bolsa, había un puñado de lo que parecían pequeños diamantes negros. Sin pensarlo, y faltando a toda lógica posible, supo que eran lágrimas condensadas, lágrimas negras de rabia y agonía, lagrimas negras que prometían un camino a la libertad que se vio truncado.
(basado en algunos hechos reales)






Hermosa esa figura de "lágrimas negras de rabia". Ahí, en esa inagen hay todo un universo. Un abrazo estrecho. Argivo
Me gusta el final del relato, le da un giro fantastico, que no sigue la logica lineal, sino la fictiva, que va dentro de la magia de la narracion. Buen cuento, un beso amiga.